agosto 31, 2006

Los consejos de Ribeyro

No me gustan mucho los reglamentos, pero soy amante de la ley (Quién me entiende…). Los reglamentos, son en algunos casos, la contraparte de la creatividad, el super-yo que suele recordar los límites de todo. De allí los escozores.

Sin embargo hay reglamentos simpáticos y en casos extraños hasta inspiradores. El que copio aquí es, a mi entender, uno de ellos. Es el famoso decálogo de Julio Ramón Ribeyro para escribir un cuento. Viniendo de quien viene, vale la pena leerlo, beber de él. Aunque personalmente, de todo el texto, me quedo con el consejo final, luego de los diez: rómpanlo, háganse el suyo propio. Siempre grande, Julio Ramón.

1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su vez contarlo.

2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada y si es inventada real.

3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.

4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto mejor. Si no logra ninguno de estos efectos no existe como cuento.

5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.

6. El cuento debe mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.

7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, informe, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.

8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.

9. En el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.

10. El cuento debe conducir, necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.

"La observación de este decálogo, como es de suponer, no garantiza la escritura de un buen cuento. Lo más aconsejable es transgredirlo regularmente, como yo mismo he hecho. O aún mejor: inventar un nuevo decálogo." J. R. R

agosto 21, 2006

Gabo y Vargas Llosa dialogan

Perdónenme ese titular amarillento. Se trata de un diálogo de hace cuatro décadas.

Estuve en Lima hace poco y fui a la Feria Internacional del Libro –feliz de coincidir con ella-. Hay mucho para comentar, pero me concentraré en una sola cosa: El stand de la Universidad Nacional de Ingeniería, el que antes despertaba muy poco mi atención cuando vivía allá, esta vez me detuvo por una cuestión de añoranza: allí hice mis primeras investigaciones como historiador –años ha- y decidí echar una mirada curiosa.

Lo que encontré fue muy interesante: una publicación antigua, de título: “La novela en América Latina: Diálogo”. Los contenidos son una conversación entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez auspiciada por la UNI en septiembre de 1967, a poco de ganar el premio “Rómulo Gallegos” por La casa verde el primero y de publicar la novela Cien años de Soledad el segundo.

La UNI en aquel año, había acordado reunir a ambos en Lima para un interrogatorio público. Poco después, éste se llevó a cabo en la Facultad de Arquitectura de esta institución, ante el curioso auditorio estudiantil de Lima. Luego se transcribieron las cintas grabadas de aquella conversación que duró dos días y se publicó poco después.

Los años pasaron y una gestión bastante posterior, en 1991 decidió exhumar el texto y volver a editarlo. De esa segunda edición es que encontré un descolorido ejemplar que compré inmediatamente al módico precio de 10 soles (menos de tres dólares). Se trataba evidentemente de la venta de ejemplares desencajonados de algún almacén, tal vez sería tiempo de que la UNI haga una tercera edición, pues –según me parece- compré el último ejemplar que allí tenían.

La conversación (más preguntas de Vargas Llosa y más respuestas de García Márquez) es –por supuesto- deliciosa. Para muestra -cual pedacito de pretzel en bandeja de los que ofrecen gratis en Plaza Carolina-, transcribo aquí las primeras palabras de este simpático diálogo:

“MARIO VARGAS LLOSA: A los escritores les ocurre algo que –me parece- no les ocurre jamás a los ingenieros ni a los arquitectos. Muchas veces la gente se pregunta ¿para qué sirven? La gente sabe para que sirve un arquitecto, para qué sirve un ingeniero, para qué sirve un médico; pero cuando se trata de un escritor, la gente tiene dudas. Inclusive la gente que piensa que sirve para algo, no sabe exactamente para qué. La primera pregunta que quiero hacerle yo a Gabriel es, precisamente, sobre esto, que les aclare a ustedes el problema y me lo aclare a mí también, pues también tengo dudas al respecto. ¿Para qué crees que sirves tú como escritor?

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ: Yo tengo la impresión de que empecé a escribir cuando me di cuenta de que no servía para nada....”

Cinco meses habían pasado desde la publicación de Cien años de Soledad y ahora que se van a cumplir cuarenta años de ese evento, este texto resulta una curiosa, interesantísima y amena lectura.