julio 20, 2006

Cocodrilo discos

Soy un habitante inadvertido del sofá. Soy también un sobreviviente de casi todo. Soy el testigo del silencio y de la música, soy cómplice del vinilo y de los viejos compases. Soy la posesión que une a dos personas. Creo que soy un poco feo: me falta una oreja, me sobra una larga cola, he sido herido en las calles, he vuelto a casa, pero allí me quieren castrar. Me llamo Django. Soy un gato.

La nostalgia del melómano (Juan Carlos Garay, 2005) es un tributo a la pasión. La música es un pretexto, el amor es un pretexto, hasta la nostalgia es un pretexto… La vida, la supervivencia, consiste en ser fanático de algo. Si es de la música, mejor. Sea usted un viejo solitario, adopte una mascota, ponga una tiendita de discos viejos (cocodrilo es un buen nombre), enamórese de la muchacha que trabaja para usted, descúbralo demasiado tarde, persiga una edición clandestina de algo insospechado: El ratón -tocado por Cheo Feliciano y Eric Clapton-, pague su precio en oro -es decir, en tiempo-. Rompa los tabúes de la edad, pero rómpalos dentro de sí mismo. Llegue a casa, tome asiento, baje una mano con la palma hacia el suelo hasta la altura exacta (usted la sabe), cierre los ojos, sentirá el suave lomo de Django acariciándose ritualmente con usted. Ponga su disco preferido y échese a vivir.


Y mañana, cuando se haga la magia en una esquina, sólo sonría y siga su camino silbándose algo del gran Carlitos Gardel.