junio 27, 2006

Ser o no ser en un cuadro estadístico

Las estadísticas son lo más impersonal que existe. Hay millones de habitantes en tal o cual ciudad: yo, tú, él, ella, somos un porcentaje minúsculo, ridículo y hasta avergonzado ante un número titán. Sabemos que nos han contado pero al mismo tiempo no hacemos diferencia. Estar o no estar aquí da lo mismo. Si estamos es como si no estuviéramos y si –por alguna razón- no estuviéramos, sería como si estuviéramos. ¿Ser o no ser? Pregunta necia: da lo mismo.

Aún cuando nos especificamos bajo alguna característica desaparecemos adocenados sin clemencia, por ejemplo (y dejo volar la imaginación):

¿Cree usted que la selección peruana irá al próximo mundial de fútbol?

Si: 5%
No: 90%
No sabe / No opina: 5%

¿Cree usted que el “catolicismo protestante” fue una forma de oportunismo político?

Si: 51%
No: 0%
Sí sabe pero no opina: 49%

Y así… uno se pierde entre miles. Estamos y no estamos al mismo tiempo (que es lo que algunas niñas malas de la adolescencia sostenían sin aparente cargo de conciencia).

Pero hay estadísticas que pueden alegrar a una mayoría: "baja el porcentaje de asesinatos en la isla" (es un decir). Otras pueden entristecer a una minoría: "baja el porcentaje de votos independentistas en Puerto Rico" (es otro decir).

Todo esto viene a que recibí un e-mail hace poco. Acabada la primera vuelta de las elecciones en el Perú, me enviaron los resultados de las votaciones de los peruanos en Puerto Rico y me he dado con una sorpresa: Estoy, personalísimo, en esas estadísticas. Soy, existo. Al lado de los porcentajes han consignado el número de votantes para cada candidato y allí aparecen los ganadores en primer lugar y luego, bajando tenebrosamente la lectura, uno va encontrando a los candidatos menores aunque también con una cantidad de votos útiles al menos para marcar presencia.

Obviamente sentí mucha curiosidad por mi candidata pero no la encontré al primer vistazo, luego me di cuenta de la situación: ella y yo estábamos ahí, confinados a la última línea. Susana Villarán: total de votos en Puerto Rico: 1. (omito el porcentaje por razones estéticas).

Así, solito, me he visto por primera vez en las estadísticas impersonales. He corrido a llamar a Lima para contar la anécdota, ese 1 de allí soy yo. Se han reído un buen rato al otro lado de la línea. Así es el fútbol, dicen en la patria, los que perdieron el gol.

No he recibido los resultados de la segunda vuelta, pero no importa. Allí no estoy. Mi voto esta vez fue viciado con un poemilla travieso y sin compromiso. Estoy seguro de haberme perdido ahora en la minoría llorosa que lamenta la falta de opciones buenas para el país. Mi aparición en las estadísticas ha terminado, ahora soy parte de un grupo de inconformes o mejor dicho: estadísticamente, he vuelto a no existir.

junio 13, 2006

Lecturas primeras

El primer libro que tuve se llamaba Los viajes de Marco Polo. Me lo regaló Lucho Morales en mi fiesta de cumpleaños (posiblemente cuando cumplí siete) y seguramente era una versión infantil. Lucho era mi compañero de aula y uno de mis mejores amigos de entonces. Leí las primeras páginas y luego algunas al azar y creo que también las últimas. Fue el primer libro que leí, pero no recuerdo haberlo leído por completo.

En los siguientes años me pasé leyendo muchas revistas, algunos artículos y enciclopedias, pero creo que no hubo otro libro puntual en mis manos, aunque recuerdo haber hojeado asustadamente algunos textos esotéricos de la biblioteca de mi abuelo. Costumbre que cultivé de manera secreta y furtiva cuando visitaba su casa en Ica, es decir en las vacaciones de la escuela, pues vivíamos a tres horas de distancia.

El primer libro que leí por completo no era mío, esta vez fue Cérida Lozano, una compañera de colegio en secundaria que llegó de la Argentina y que siempre me hablaba de cosas desconocidas para la provincia en que vivíamos. Un día apareció con un tapa dura bajo el brazo, me detuvo y me dijo te presto esto para que lo leas. Me sorprendió mucho porque no recuerdo que hubiera razón alguna para tan repentino préstamo pero me quedé con el libro y esa tarde lo empecé a leer. Esa tarde fue el inicio de una fascinación.

Hoy no tengo idea de cuánto he leído, trato de hacer memoria y veo que han pasado unos veinte años desde entonces, hace unos 15 que no se nada de Cérida, si la viera le contaría cuánto le debo; hace mucho más que no se nada de Lucho, aunque tal vez su regalo perdure encajonado en la casa paterna en el Perú. El tiempo se parece mucho a la distancia. O tal vez sea lo mismo.

Sin embargo hay cosas que se quedan, como la sensación de hace un momento, las ganas de continuar leyendo, la prisa por buscar la página marcada, como si se redescubriera una y otra vez la fascinación de leer, como si aún estuvieran en mis manos adolescentes las tapas duras con la conmovedora travesía de Miguel Strogoff.