enero 20, 2006

A su horas, joven

Se me había pasado la hora del almuerzo y ya imaginaba a doña Isabel sobre mis orejas, lo que pasa con usted es que no come a sus horas, joven, y está descuidando su salud, iba de camino a casa de unos clientes con los que firmaría un buen contrato (en estos casos la puntualidad es vital). Consulté el reloj: tenía 10 minutos para almorzar y, con suerte, llegaría a tiempo. Usted deténgase en cualquier lugar en el que esté a las doce en punto y coma algo, joven, y va a ver cómo va a vivir con mejor salud, hágame caso, es por su bien, recordé que en esa avenida había un Subway unas cuadras más adelante. Perfecto –me dije- un sándwich de tuna, con papitas y hasta una sopita por 99 centavos adicionales. Diez minutos exactos. Cuídese por su bien y el de su familia, lo más importante es comer a sus horas, joven.

Entré corriendo al establecimiento, sólo había una persona a la que ya terminaban de atender. Una muchacha aburrida me miró desde el otro lado del mostrador, aunque sea un jugo de frutas, joven, pero siempre a sus horas, tuna –pedí-, en pan integral, sólo la mitad. Cuando la muchacha comenzó a cortar el pan advertí un papel pegado a la vitrina, alguien había escrito con la peor caligrafía posible: NO HAY ATH, tuve un vértigo, no tenía ni un billete en el bolsillo. ¡Espera! –dije, como si tratara de evitar una catástrofe- ¿no hay ATH? –pregunté- la respuesta de la muchacha fue una mirada incrédula. Le preguntaba algo tonto cuya respuesta acababa de leer. Me sentí estúpido. Déjalo –continué- sólo tengo ATH ahora.

La muchacha me miró con pena, creo que adivinó todo: que soy el único gordo del área que va a Subway no por cuidar la salud sino porque le encanta, marcianamente, el sabor de allí, que tenía poco tiempo para un almuerzo imposible y que me tendría que ir quedándome con el olor de la comida, nunca se quede con hambre, joven, tiene que cuidarse, decía en mis orejas doña Isabel, la viejita cuya casa había vendido en pocos días y a quien le conseguí un apartamento genial en la playa. Me dirigí a la puerta con la misma prisa con la que llegué y de pronto escuché la voz de la muchacha: ¡joven! (aunque no soy joven, tuve que voltear pues no había nadie más), venga, no se preocupe, yo se lo preparo. No se lo pude creer y sólo le dije “puedo volver luego a pagarte”. No se preocupe –replicó mientras lo preparaba- es un obsequio. ¿Lo quiere con papas y refresco? No me atreví a decir que sí, atrévase a cambiar, joven, lo importante es comer con horario, se lo digo por su bien. Respondí que no y le di un agradecimiento bastante huachafo y dramático a cambio. Salí conmovido del lugar, subí al auto con el sándwich en la mano y allí me lo comí con empeño y deleite. Incrédulo todavía por tan inexplicable regalo, elegí la sonrisa final de quien, en el vacío de la noche, logra ver una estrella fugaz.


Estaba con el tiempo justo y enrumbé al encuentro con mis clientes. En la radio una voz acongojada preguntaba ¿qué nos pasa Puerto Rico?, sonó el teléfono móvil, era doña Isabel. Entre sus palabras pude oír el rumor de las olas colándose por las ventabas de su recién estrenado apartamento en la playa, también las urgencias filiales de una abuela con nieto imaginario en su tono de voz, también la dubitación de los solitarios al saludar, la falta de motivo de una llamada, la risa insegura de una septuagenaria, tarde, muy tarde en la vida para ser mamá: ¿está comiendo a sus horas, joven?

enero 08, 2006

Documentados

Hay una playa del Oeste de Puerto Rico en donde comienzan sueños y pesadillas. Donde se rompen las categorías con sólo saltar de un bote y asirse, furtivamente, a un mangle salvador. No hace falta mucho para indocumentarse, sólo cruzar el mar y pisar la arena. No hace falta mucho para documentar a alguien, sólo una inconsciente ternura o una excéntrica curiosidad adolescente… y un cuaderno en la mano.

Los documentados (Yolanda Arroyo Pizarro, 2005) es una historia de encuentros, de descubrimientos e ilusiones entre personas que interactúan bajo un denominador común: la insatisfacción. Cuando la atmósfera se pinta de desesperanza la naturalidad de la vida aparece en donde menos se espera.
La denuncia, la indignación, acaso la sobreprotección, son elementos que pierden importancia ante una luz repentina: cada persona construye su cielo con lo que tiene. Detenerse es contraindicado. Lo patético no ronda la vida marginal de los personajes. Lo patético ronda al lector desprevenido, al que no ve ese destello espontaneo en un día cualquiera.