marzo 14, 2006

Deberíamos avisarle

No se su nombre, no tengo forma de saberlo. Por eso, no la puedo nombrar. Pero sí la puedo mencionar dada su repentina importancia.

Todo comenzó un día de hace 13 años cuando nos visitó la superiora de un convento de novicias de no se qué orden religiosa y entre los varios temas de conversación nos pidió nuestros nombres y se los llevó anotados en un papelito.

La explicación que nos dieron fue que ella les daría nuestros nombres a sus novicias, uno a cada una para que ellas rezaran de ahí en adelante por nuestra vocación sacerdotal, para que sus oraciones acompañen lo que la vida de curas nos depare. En los avatares del futuro, siempre sabríamos que la oración de una hermana anónima nos acompañaría. Yo me quedé algo paralizado, pues ya había estado acariciando la idea de dejar ese camino y volver a la vida secular, no tanto porque quisiera: en aquellos tiempos –tal como lo sentí- el mismo Dios que me convocó a entrar cuando yo no quería, un año después parecía convocarme a salir, cuando yo tampoco quería. Así es la vida: los dioses cambian de opinión sin derecho a reclamo.

Ingresar a la vida religiosa implica haber pasado por un discernimiento muy riguroso, salir de ella lo implica aún más. Así, recuerdo que en los días finales antes de tomar el camino de regreso, a veces me acordaba de la novicia anónima que estaría rezando para fortalecer mi vocación y alucinaba alguna forma telepática de hacerle saber que por ahora no se metiera, que me inclinaba la balanza para un lado y necesitaba decidir bien. Seguramente mi nombre le habría tocado a una novicia empeñosa porque habían mociones que no venían de mi (y creo que de Dios tampoco). Sin duda era la monjita cumpliendo fervorosamente con la tarea asignada.

Pero sus rezos no fueron correspondidos y luego de algún tiempo salí del noviciado.

Han pasado trece años de eso y creo que nadie le avisó a la novicia de entonces que ya no me incluya en sus oraciones porque, de vez en cuando, alguna moción me ataca, algún recuerdo revive, una resaca se agita, alguna urgencia se despierta en otro hemisferio y todavía me alcanza con determinación: una fuerza que protege la vida y vocación apostólica del sacerdote que nunca llegué a ser. La nostalgia sale con cada cosa en la luz roja...

Mientras bailan mis dedos sobre el volante, siento que hasta me regresan las creencias. A veces pienso que no hay forma de dejar de ser jesuita.

De pronto cambia la luz a verde. Un claxon detrás se impacienta. Entonces acelero como quien despierta, preguntándome qué me pasa, ese recuerdo tiene un sabor tan dulce como imposible, como los amores de la adolescencia. ¿Por qué reaparece ese llamado en el momento más impertinente? Me quedo pensando todo el camino y al llegar a casa, mientras mis dos hijos bailotean colgados de mis pantalones en la entrada, mi esposa me mira a los ojos y me estudia: No se cómo siempre puede leer al detalle lo que estoy pensando, desde un simple “el almuerzo me cayó mal” hasta el más complejo “otra vez me hizo falta la garúa”. Sus ojos son un scanner infalible. Por eso traté de desafiarla, mientras me miraba me puse a pensar en un trabajo que tengo pendiente. Entonces soltó la risa y, coqueta como siempre, dijo: Alguien debería avisarle a esa monja…

2 comentarios:

neftalicruznegron dijo...

Saludos Isaac, nos conocimos en la presentación de Yolanda.
De hecho, tu cuento nos cautivó. Excelente.

Con relación a este post, la vida religiosa es un magnífico estilo de vida, pero de grandes contratiempos. Buena narración.

Isaac Cazorla dijo...

Estimado Neftalí:

Gracias por los comentarios. Ahora voy a ver tu blog con detenimiento.

Con respecto a la vida religiosa, concuerdo, lo es. Uno de los contratiempos -a veces risueño- es que cuando sales, igual se te queda dentro.

Saludos!

Isaac