noviembre 29, 2005

Ya no se ven las estrellas

Hace algún tiempo me aficioné a las estrellas. Bueno, hay que precisar: me aficioné a ir a una tienda de telescopios con los cuales podría mirar a las estrellas alguna vez. Los dependientes de la tienda comenzaron a reconocerme y a mirarme con aburrimiento cada vez que me veían entrar, sabían que era para mirar los telescopios y preguntar todo lo preguntable sobre ellos, pero no para comprarlos todavía. Así, de la chispa del azar y del ridículo, nacen las más inesperadas pasiones.

Paralelamente, me convertí en experto buscador de la palabra “astronomía” en Internet. Supe de constelaciones, longitudes, mapas celestes y redes de aficionados. Acabábamos de comprar una casa y mientras nos mudábamos (con todo el letargo posible) Instalé mi computadora en una habitación vacía, allí pasaba horas investigando hasta la llegada de la noche, cuando apagaba la luz y miraba por la ventana al campo de atrás. La oscuridad era total y allí reconocía figuras, movimientos, parpadeos, caídas fugaces y creo que hasta el silencio, roto sólo ocasionalmente por alguna avioneta cuya luz rojiza rasgaba imperdonablemente mi propio lienzo oscuro.

Un día mi esposa se apareció en casa con el telescopio que tanto me gustaba. Fui sorprendido por completo: las mujeres suelen cautelar los gastos y somos los hombres los despilfarradores. ¿Estaría ella siendo un poco yo? Es lo más probable. La convivencia hace que las personas se parezcan irremediablemente.

Pasé toda la noche mirando al cielo con los diversos lentes, creo haber besado a la luna, tapada limeña, creo también haberme elevado y volteado a mirar la tierra y aseguro haber bautizado astros olvidados. La casa, cuya parte trasera daba al campo era el lugar ideal para mirar al cielo por las noches, no había luz alguna que me interfiriera.

Pero todas las historias de amor (y de pasión) tienen siempre algún traspié y al día siguiente llegaron los tractores, las excavadoras y los ingenieros y desterraron de mi patio trasero al silencio y a la oscuridad. Hoy tenemos detrás una nueva urbanización bonita cuyos reflectores eliminan a la noche y extienden la luz del día como si ésta fuera una virtud inigualable. Mi lienzo está desteñido y me acusa de no ir a verlo.

Han pasado muchos meses. Ayer encontré el telescopio y me dio pena, estaba empolvado, orgulloso todavía sobre su atril, muerto de pie como los árboles; un soplido y un paño le devolvieron el esplendor del juguete nuevo, Lázaro de metal y de vidrio. Esto me puso contento, estaba buscando otra cosa y lo encontré en un rincón: el azar.
Esta noche llegará el ridículo, ya lo presiento, si tengo suerte encenderá la chispa y entonces volveré a navegar.