octubre 19, 2005

Ven acá un momentito

Oye –me dijo la primera vez que me dirigió la palabra- ¿tu vas para Historia? Ven acá un momentito. Era un pasillo del Departamento de Humanidades y José Antonio del Busto –uno de los más grandes historiadores del Perú- irradiaba autoridad. Yo, sorprendido por completo, lo seguí hasta su oficina.

Te he visto en el Coloquio –me dijo ya sentado en su escritorio- y yo asentí desde la silla de enfrente. El Coloquio era el nombre que retumbaba todo el tiempo en nuestros oídos. Los estudiantes de Historia lo organizábamos cada año para entrenarnos en la investigación erudita y la escritura creativa, en la presentación de ponencias y la resolución de preguntas, finalmente también en la crítica constructiva y la enemistad apasionada.

¿Quieres ser historiador? – Atacó de nuevo, causándome un temblor vocacional que aún recuerdo con horror aunque con cariño-. Respondí que sí y creo haber hablado un minuto sobre mi vocación por la Historia. Entonces, quiero proponerte un proyecto –siguió disparando, sin darme tiempo a respirar- quiero que escribas un libro, una biografía. Una editorial me ha encargado una serie de biografías hechas por historiadores, y ustedes tienen que comenzar a ser historiadores en algún momento ¿no?

Yo estaba atónito, ni en mis sueños más exagerados había esbozado una oportunidad como esa. Cuánto hubiera querido tener esa oportunidad yo a tu edad –retrucó- por eso te la ofrezco. Yo te supervisaría la investigación y te ayudaría con las preguntas que tengas pero el autor serías sólo tú ¿te interesa?

A los 21 años sólo se puede responder que sí. Entonces me dijo que escogiera un personaje, alguien importante en la Historia del Perú. Estuvimos barajando nombres hasta que llegamos a uno interesantísimo: Bernabé Cobo, jesuita del S. VXII (nacido en el XVI) que escribió la Historia del Nuevo Mundo, crónica maravillosa sobre el Perú de entonces.

La conversa no duró mucho. Antes de irme me dijo cinco cosas más que me conmovieron:

1. La editorial te va a pagar por tu trabajo.


2. Esto puede ser el principio de tu tesis.

3. Cuando terminas una tesis, nadie, NADIE –repitió- sabe más que tu sobre el tema de tu tesis.

4. Tu trabajo final va a ser criticado. Déjalos que critiquen. Al que no le guste tu libro, que escriba el suyo.

5. Ven dentro de dos semanas con un esquema del trabajo.


Fui, por supuesto, a las dos semanas –ni un minuto más tarde- y luego, cuando nos cruzábamos en la universidad, me preguntaba ¿Cómo va Cobo? Hasta que la editorial tuvo que detener el proyecto y el maestro me dijo: Si quieres sigue con la investigación y cuando el libro esté listo encontraremos cómo publicarlo.

Metido luego en otras preocupaciones, nunca terminé con esa investigación (por ahí tengo algunas páginas manuscritas) y, más adelante, cuando –lleno de inseguridades- publiqué otros libros, ya de otros temas de Historia, olvidé mencionar al artífice de mi valentía: José Antonio del Busto, el que me detuvo sin conocerme para decir: Oye, ¿tu vas para Historia? Ven acá un momentito.


octubre 13, 2005

Los gajes del que escribe

Todo aquel que escribe tiene, en mayor o menor grado, el deseo, y en algunos casos la necesidad, de ser original. En mi caso es una consigna. La originalidad me fascina, aunque me cueste tanto conseguirla.

Por eso escribo esto con urgencia, con el corazón hecho pedazos. Una persona muy cercana me envía un e-mail preguntando ¿Cuál era la dirección de tu blog? Se la envié apenas pude y en el camino se me ocurrió buscarla en el google para ver si es posible encontrarla así (todo aquel que escribe tiene una vanidad...).

Baldazo de agua fría: La universidad limeña de la que provengo publicó el año pasado un libro de Ana María Gazzolo titulado Cuadernos de Ultramar. ¿Coincidencia? No lo se, no lo creo, hasta hace unos minutos hubiera jurado que se me ocurrió ese nombre como título hace algún tiempo, pero es tan poco probable que no hubiera leído ese título antes (o escuchado tal vez), que ahora sospecho de mí mismo.

La fórmula me gusta mucho y no quisiera cambiarle el nombre (la prefiero compartida antes que vaciar mi vida, no es perfecta, más se acerca...Milanés dixit) pero la verdad es que no se. Tal vez invente una fórmula intermedia, tal vez la cambie por completo o tal vez la deje así, ya veremos (todo aquel que escribe tiene un mar de dudas antes de teclear aquel borrador diario que siempre creemos definitivo).

Eleanor Rigby italiana o Mala cosa la America

Una de las primera cosas que hicimos al llegar a Philadelphia fue averiguar donde comer algo rico. Sorpresa: estamos muy cerca del Reading Terminal Market, una maravilla de sitio histórico que me hizo recordar –por cierto- a uno de los cuatro ferrocarriles del Monopolio (a los que nunca les hice mucho caso en esos apasionados juegos familiares en los que invariablemente quedaba empobrecido).

Walking distance! –dijo el gringo de la puerta del hotel, con una amabilidad cansada de decir lo mismo todos los días a los visitantes desorientados-, mil gracias mi cholo –dije para mis adentros- y eché a caminar con euforia mientras Joanna me aconsejaba a gritos desde atrás que tuviera cuidado con la nieve, que es resbalosa, mi amor.

El lugar era de lo más encantador, era la hora del almuerzo y cientos de personas de las oficinas del centro ocupaban los lugares de comida de todo el mercado. Los había jóvenes con un teléfono en un oído y un inconfundible audífono de Ipod en el otro, que comían algo dietético - podría apostar que sin gusto alguno- y cuyos rostros delataban lo incómodo que les resultaba el ritual del almuerzo. Estaban también los rollizos, acurrucados en donde se ofrecía comida al peso, haciendo una gorda fila de gente, alegres todos de llegar a su hora favorita del día. En fin, una variedad de personas bastante menos ruidosas que las que acuden a cualquier mercado del Perú o de Puerto Rico.

Finalmente conseguimos un sitio y comimos a gusto, estábamos maravillados con el lugar y nos preguntábamos entre risa y risa sobre cuántas décadas faltaban para tener un mercado así en Lima o en San Juan (desde ese lugar ambas ciudades se veían iguales). Entonces Joanna –que debió ser niña exploradora- recordó que había visto un postre en otro sitio que quería probar y se fue a buscarlo, mientras yo picoteaba de su plato los tomates que ella nunca se come y que a mi me encantan.

Cuando volvió, estaba acompañada por una mujer de unos setenta años con quien conversaba muy divertidamente. Pensé que se había encontrado con alguna antigua amiga y me puse de pie para ser presentado pues de seguro aquella mujer la había conocido antes de nuestro entonces reciente matrimonio. Lo que pasó fue todo lo contrario: Vitoria, le presento a mi esposo –dijo- y la mujer me saludó mezclando el español con el italiano mientras Joanna me hacía un guiño de complicidad y los tres nos sentábamos en la mesa. Entonces comprendí que se trataba de alguien a quien acababa de conocer con una conversación casual. Llegaron con tres postres, así es que nos pusimos a hablar.

Durante la siguiente media hora Vitoria nos contó su vida: dejó Italia siendo joven con su esposo y aquí habían tenido un hijo. Ahora, treinta años después, muerto el esposo, el hijo no la visitaba y los vecinos casi no le hablaban y ella venía a almorzar al mercado porque podía conocer gente con quien conversar un poco. Como Joanna le respondió el saludo y las primeras frases se había venido detrás de ella (aaaaah... look at all the lonely people, pensé). Mala cosa, la América –decía una y otra vez con ese cantar italiano y agitando las manos como si con ello nos convenciera mejor de lo dicho- mala cosa, mala, mala, repetía. Los vecinos no se hablan, nadie conversa, la gente vive muy sola, muy sola, mala cosa la América, otra vez.

Nos dio pena y nos quedamos hablando con ella como una hora más hasta que ella misma se despidió alegando que ya estaría por comenzar su programa favorito en la televisión. Nosotros quedamos conmovidos. Mala cosa la América, repetimos.

Han pasado unos años desde aquella vez y considerando que cada día ella encuentra nuevos compañeros de almuerzo en ese maravilloso mercado, ya debe habernos olvidado. Pero nosotros siempre la recordamos. Cuando hablamos de ella, imaginamos que está menos sola, aunque no lo sepa, hay quienes la recuerdan en esta islita que –según nos dijo- le hubiera encantado conocer con su esposo. Vitoria no llegó a Puerto Rico, pero algo de ella vive aquí, en nuestra casa, con regular frecuencia aparece bajo la forma de risueña sentencia: mala cosa la América –nos decimos Joanna y yo cuando nos encontramos con alguna dificultad-. Mala cosa la América –repetimos cuando algo nos sale mal-. Mala cosa la América –decimos cuando recibimos una mala noticia- y así por el estilo, ante la más pequeña adversidad.
Mala cosa la América –me dijo hace un rato Joanna cuando le dije que tenía ganas de escribir algo para el Blog pero que, con tantos recuerdos amontonados, no sabía qué priorizar.

octubre 03, 2005

La travesura

(Cuento fugaz)


¿Tan separados unos de otros? - Dijo Maltron- me parece que desperdicias el espacio.
Pero si acabo de inventar el espacio – respondió Z’ierog- el desperdicio será para ellos, yo los controlo desde aquí con facilidad.

¿Y cuando te aburras? ¿Que pasará con ellos? –volvió a interesarse Maltron-.

No creo que lleguen a aburrirme, estarán cambiando todo el tiempo, esto los llevará al desconcierto y será interminable su búsqueda para explicarse de dónde salieron.

¿Hablarán? – volvió a preguntar Maltron algo asqueado-.
Si, pero sólo entre ellos. Aunque les he dado el deseo de hablar conmigo.
Eres un perverso – se indignó Maltron-
Es que me pareció divertido.
¿Entonces sabrán que existes? – se preocupó esta vez-
No. Pero nacerán con ganas de que yo exista, eso es todo, sin certezas.

- Mi única certeza ahora es que malgastas el tiempo con la materia.
- ¡Silencio! Si te oye el tiempo nos podría negar el regreso a casa.


Yo me voy de aquí, no me gustan los experimentos - dijo Maltron- mientras invocaba al vacío y se sumergía en una indescriptible felicidad.