setiembre 26, 2005

Isaac Rafael

Would you know my name
If I saw you in heaven?
E. Clapton

Joanna

Todo va a estar bien –le dije- te lo prometo. Mi esposa se calmó tal vez sólo un poquito con mis palabras, en un minuto más nuestro médico nos quitaría el susto de encima, nos mostraría en su pantalla al bebé por nacer que se movía con normalidad aunque no estábamos sintiendo sus pataditas de siempre.

Dr. Vega

Yo siempre he tenido la impresión de fondo de que todo se puede arreglar, que la serenidad en los momentos difíciles es el primer indicio de una solución feliz para todo, por eso tal vez no he terminado de entender. Luego de unos segundos demasiado largos me atreví a mirar a su rostro y entonces vi la preocupación de un ginecólogo que nos había tomado mucho cariño. “No hay latido” dijo al fin con tristeza y resignación y la muerte de pronto estaba ya dentro de casa sin habernos dado tiempo de nada.

La muerte

No le temo a la muerte, de hecho le tengo curiosidad. No estoy resentido con ella, pero la próxima vez que se acerque, con o sin aviso, le meteré un puñetazo en la cara.

26 de septiembre

Hoy se cumplen cuatro años desde aquel día, nuestro hijo estaba por nacer, pero murió.
Cuatro años no son nada.

No somos nada

Al parecer no tenemos respuestas para algunas cosas, y –efectivamente- la vida nos da sorpresas tan disparatadas que a veces lo somos todo y a veces no somos nada. Pero de la nada siempre sale algo y hoy soy algo

Lo que soy

Alguien que se lleva mejor con Dios porque ya no le quedan castigos con qué asustarme.
Alguien que ya no promete que todo va a estar bien.
Alguien que porta una pregunta y se atraganta en una estrofa

La pregunta
Would it be the same
If I saw you in heaven?
La estrofa

I must be strong
and carry on,
‘cause I know I don’t belong
Here in heaven.


setiembre 20, 2005

Jornadas de Lima

Corría el año 91 y pateábamos latas. Como estudiantes de Historia nuestras posibilidades de conseguir un empleo de medio tiempo en la ciudad eran más o menos nulas. En los negocios y oficinas se afincaban estudiantes de ingenierías y leyes, practicantes de medicina y arquitectura, futuros economistas y publicistas, etc. Los estudiantes de Historia no éramos requeridos por nadie para practicar.

Pero un día amaneció en nuestra pizarra un anuncio: el Patronato de Lima buscaba estudiantes de Historia para un proyecto llamado Jornadas de Lima que era un ciclo de charlas sobre historia local en los colegios de la capital. Genial. Aplicamos todos los conocidos y casi todos conseguimos el empleo (si es que se puede llamar empleo a unas horas a la semana, sólo por algunas semanas) que consistía en aprendernos un esquema de la Historia de Lima y repetirlo delante de los alumnos de secundaria de los colegios que nos indicarían oportunamente.

Tengo que decir que tuve suerte al principio: me pusieron en un grupo que iba a colegios en los que la disciplina aún era un valor (moribundo pero ahí estaba) y pude dictar algunas de esas charlas cuyo esquema hasta ahora no he podido olvidar. Incluso recibí interesantes preguntas de niños que hoy deben ya haber terminado la universidad y cuya participación estimulaba nuestro patriótico trabajo. Una de mis compañeras no tuvo la misma dicha, le tocaron unos alumnos maleantes que interrumpieron su clase para decirle algo así como “¿Historia? Yo creí que era una charla de sexo”. Hubo una risotada general, incluyendo a los profesores del sitio y mi amiga terminó su charla como pudo y creo que hasta ahora -que ha terminado el doctorado en Historia y tiene varios libros publicados- no ha vuelto a pisar un salón para enseñar nada, sólo hace trabajo de archivos.

Algunas semanas después, cuando terminamos la primera fase del proyecto, éste se amplió y nos designaron a varios colegios cuyos nombres nos dieron un cierto temblor. Los alumnos de allí eran unos salvajes que no se interesarían por nuestros discursos nacionalistas y nos harían muecas, interrumpirían, alguien gritaría desde atrás alguna lisura y todos se reirían en nuestra cara. Fuimos con mucho temor, y antes de entrar a la primera clase mi compañera me dijo: “espera, tengo una idea para controlarlos: les diremos que vamos a hablar de historia antes de comenzar la charla y el que no esté interesado tiene la hora libre y puede salir del aula”.

Yo siempre he tenido muy poca facilidad para lidiar con los malcriados así es que acepté la idea como genial. Entramos al aula y nos presentaron, los jóvenes son estudiantes de la Universidad Católica que vienen por el Patronato de Lima a darles una charla de interés para ustedes, dijo el director con la venia de admiración del profesor a quien le habían aliviado una hora de clases para que demos nuestra charla. Acto seguido se fueron y nos dejaron solos con las fieras. Mi compañera entonces dijo con su mejor sonrisa y con las manos pegadas como si acabara de dar un solo aplauso: Bien chicos, esta es una charla de Historia y para no tener interrupciones nos gustaría dejar libres a los que no les interese esta clase, pueden salir del aula y les daremos la charla a los que se queden.

Menos de un minuto después estábamos los dos solos en el aula, nos mirábamos sin atinar a decir nada. En mi mente palpitaba una pregunta: ¿Habíamos hecho bien en estudiar Historia?, de pronto la voz de mi compañera me bajó a la tierra, se escuchaba combativa: “Gordo, no se, pero nos tienen que pagar igual por esta hora”.

setiembre 15, 2005

La habitación

Habito entre dos palabras, la primera es una puerta, la última una ventana. Entre ambas me cabe la vida, pero sobre todo, entre ambas me cabe la noche. Son pocos los objetos reales de mi habitación, lo ya dicho: una puerta, una ventana, un catre y las mesas de noche. El sillón no está allí y es imaginario, porque nunca me siento sobre él, a veces le tiro ropas encima y a veces amanecen en el suelo, ¿ves? El sillón no está. Es imaginaria también la cuna, porque hace tiempo que Illari no duerme en ella, siempre encuentra la forma de dormir entre nosotros, por eso es que la cuna no está allí y sólo la recordamos cuando la gata cruza la puerta y salta hacia ella como si fuera nuestra hijita consentida. Cuando me doy cuenta trato de sacarla de allí y es entonces cuando la cuna existe.

Tampoco existen las paredes porque nunca las he tocado, una capa de pintura melón nos protege de los vecinos mirones mientras deja pasar el viento silbante de los cerros, ese viento que habita con nosotros y nos libera del bochorno. En el baño interno hay dos lavaderos pero uno sólo es real, porque Joanna utiliza el que yo uso y el suyo no lo toca para nada, a veces hace turno en mis espaldas mientras el otro, el suyo, se queda humillado sin utilidad, ¿ves? El otro lavadero es irreal, sólo él cree estar allí. Detrás en el closet hay una balanza, también imaginaria la pobre, porque hace tiempo que no me peso en ella, a veces le pongo zapatos encima, para que exista un ratito y no se resienta para siempre, (un alma resentida puede dar información falsa). Pero lo que más existe allí es tal vez la tina, pues existe más de la cuenta, en los ratos furtivos en que la lleno para leer bajo el agua unas pocas páginas en cinco minutos, porque lo irremediable es el tiempo que siempre existe en todas partes y siempre me pisa los talones, incluso en lo más recóndito de mi habitación.

setiembre 14, 2005

Ultramar

Hasta que tuve unos diez años pensaba que la canción que llora “en mi viejo San Juan…”, y cuya letra había anotado con esmero en un cuaderno, estaba referida a San Juan de Marcona que era el pueblito peruano en donde crecí:

1. Los horizontes son pequeños cuando somos pequeños.
2. Los peruanos somos etnocéntricos.

Cuando supe que no era así, una enciclopedia casera me ilustró un poco: había una fotografía del Viejo San Juan (el de verdad) y comprendí que lo único que tenían en común los dos Sanjuanes de mi confusión era el mar. Además San Juan de Marcona era todo menos "viejo": Sólo treinta años atrás habia sido un desierto habitado por dunas (y una veta minera que fue la razón por la que se fundó el pueblo). Con todo, seguí cantando la canción, como si nada hubiera pasado, pues ya me había adueñado de sus lamentos.


Veinticinco años después, atraído por un canto (los peruanos somos cursis), descanso en la otra orilla y conservo el viejo cuaderno en que tomaba mis apuntes de niñez.

Pero extraño a las dunas.

3. Los horizontes son crueles cuando crecemos.
4. Los peruanos somos melancólicos.


setiembre 12, 2005

Mucho tiempo para ser casual

A pesar de que llevábamos mucho rato caminando en círculos y ya le habíamos dado la vuelta al campus al menos un par de veces, ella no parecía desinteresada del rollo con el que yo había acaparado la conversación convirtiéndola en un monólogo de dudas y de entusiasmo (sí, químicos del mundo, el agua y el aceite se pueden mezclar): estaba a punto de dejar la carrera de leyes para pasarme a estudiar Humanidades en la especialidad de Historia. Ella, puesta ya en la Facultad de Psicología sin ninguna duda de por medio sólo me escuchaba como aguardando el momento exacto para dictar una sentencia que sería benevolente de cualquier forma. Yo hablaba con una euforia impropia para un muchacho que no sabe qué hacer con su vida, y sólo tenía una certeza juvenil: si era abogado vería al mundo de una manera y se resolvería mi economía personal. Si era historiador, por el contrario, iba a ver al mundo de distintas maneras pero tendría que vivir prestado de mis amigos, los que fueran abogados por ejemplo.

La realidad era clara en indicar el mejor camino, pero tuve la suerte de no tener una juventud muy realista y me empeñé en alimentar esa opción. Ella escuchaba con atención, me gustaba la Historia pero había un problema adicional: no era lo único que me gustaba. Si había tiempo (ella asintió con la cabeza) le podría contar de otras carreras que me interesaban.

Nos sentamos en las bancas que están cerca de Arquitectura, en donde casi nadie se detiene y se puede conversar con tranquilidad y buen aire fresco. Hablamos de Sociología, también de Filosofía y hasta de Economía (lo que constituía un despropósito sin nombre pues ya me había colgado en matemáticas), terminando en la administración de negocios, cosa que la entusiasmó un poco más que el resto de alternativas. Cuando le hablé de mi carta más escondida, que sentía el llamado al sacerdocio, ella ahogó un gemido que bien pudo ser una carcajada contenida por pura consideración, pero que –joven quijote al fin- interpreté como la reacción de una admiradora desilusionada. Finalmente, sin perder la paciencia me miró inteligentemente y sentenció: “La suerte que tienes es que puedes elegir lo que quieras pues te gusta de todo, conozco a personas a las que no les gusta nada”. Me sonreía complacida, como si mi discurso la hubiera aliviado, entonces comencé a sospechar que las mismas dudas que ella nunca iba a admitir también anidaban los insomnios de juventud de mi amiga. Le agradecí conmovido. Para ser un encuentro casual, habíamos conversado mucho rato.

¿Entonces escribirás libros de Historia del Perú? – me decía mientras caminábamos de salida-. Tal vez, quién sabe –respondía yo haciendo equilibrio sobre mi pedestal imaginario-.

Era el momento de despedirnos, luego del abracito de rigor, cuando ya había dado unos pasos, volteó y me dijo: “¿De veras quienes ser historiador?”. No –le dije, burlón- lo que más quiero en la vida es ser escritor. Entonces soltamos la risa. Teníamos diecinueve años.